domingo, enero 28, 2007

Señor, ¿me oyó?

Señor, ¿me oyó?-Oiga señor -le digo.

El señor no contesta, casi siempre está de espaldas. En realidad nunca contesta, sólo habla cuando necesita patear la soledad y escucha cuando recuerda que escuchaba. Sus canas asoman sobre una cabeza de frente amplia y lisa. Poco pelo, desordenado, de viejo, de payaso bueno de circo. Sobre las orejas un aparatillo.

-¿Señor? -más alto que antes.

Ahora el viejo cada vez más doblado habla, no responde pero habla. Está hablando solo, de espaldas siempre, como mostrando su caparazón en señal de defensa -inconsciente. Si lo muestra es por algo, por algo dentro de sí o producto de su entorno, de los otros payasos, quizá la mujer o los hijos. Me recuerda al papá de un amigo que rastrillaba un fusil invisible ante alguna amenaza, no la de la guerra con Ecuador que permanecía escondida en su inconsciente, si no la de la guerra actual, la guerra contra el olvido y la falsa memoria.

El señor viejo ahora voltea. Sus palabras sobre vegetales encurtidos engreidos y sobre chilenos armándose hasta los cogotes hijos de mil putas se cortan. Su mirada también se corta. Voltea y pinta una mirada como pinta un pincel con pintura blanca sobre fondo blanco. Sus ojos pueden reconocer pero no quieren reconocer, depende del día, depende de mí.

-Hola -murmulla.

Quiero atraverme a decirle cómo está, pero no puedo, quizá por algún recuerdo, quizá sea porque soy yo mismo. Sólo respondo con un "hola" seco, simple, vacío, desnutrido, escupido casi, más por deshacerme de una palabra indeseada en el fondo de mi mente que por ganas, ni por pocas ganas.

-Te has enterado que va a llover mucho este verano -agrega el viejo como recordando que ya no está hablándole a los pájaros (que cree lo escuchan, que sólo lo escuchan pero con mucha atención).
-No se. Sí creo, en el norte ¿no?.
-En todo el Perú. Parece que este "Niño" va a ser más jodido...¡qué calor! ¿Sabes que ayer casi llegamos a los treinta y cinco grados?.
-No sabía -buscando mi jugo de naranja.

El caparazón parece haberse movido, como si se hubiese alojado en otro cuerpo. El viejito bueno ahora está dispuesto a hablar con atención. No a responder, pero sí a hablarle a alguien humano, probablemente sus últimos intentos conscientes para ello. Está parado atento, encorbado con las piernas blancas venosas y la espalda pesada. Las canas son cordiales ahora, provoca acariciarlas. Provoca abrazarlo con la fuerza de los recuerdos como a un padre y abuelo.

Lamentablemente el caparazón está del otro lado, siempre de algún lado siempre.

"¿Sabe usted señor que lo quiero?", pienso y me voy dándole ahora yo la espalda.

2 comentarios:

Peregrino dijo...

Que tremendamente personal, y que tristeza la que encierra, lo bueno es que aùn estamos a tiempo de variar las cosas, si le ponemos la misma dedicaciòn que al trabajo o otras actividades tendremos el tiempo de disfrutar de esos viejos canosos que se nos estàn llendo de las manos como consecuencia de la ley de la vida.

Nos leemos.

Acitsonga dijo...

Conmovedor.