domingo, enero 28, 2007

El hechizo Tintín

Tintín y MilúHoy leí un artículo nostágico de Fernando Savater sobre Tintín y su embrujo aventurero en el que encontré muchos lugares comunes referidos a mis placeres de niño. Savater cuenta que "le debo a Tintín un regalo maravilloso: con sus álbumes aprendí a leer en francés", algo que sin darme cuenta ocurrió conmigo también. La forma en que me sedujo y envolvió el enigma Tintín fue sin embargo la causa, uno de los efectos fue el idioma.

Me veo sentado en la biblioteca de mi colegio con una edición en francés de El templo del sol, que probablemente esperé dos semanas hasta que la devolviera algún alumno boy scout aplicadillo en francés, con mayor pasión por captar palabras en idioma extranjero que por la viñeta mágica de Tintín y como dice Savater por "un universo paralelo, un minucioso espejismo al que uno puede irse a vivir por un rato o quizá intimamente para siempre". Mejor explicación no podría dar; mi atención era profundamente fiel, comprometida con la historia y no con los globitos en francés (belga por cierto) de cada página que leía. Muchos niños entraban y salían rápidamente, unos en shorts y gordos, otros con las medias hasta la rodilla, siempre con los colores distintivos del único uniforme escolar de la época. Pero sólo pocos sabían de la magia real de Tintín. Al fondo tras el mostrador, parado con la pausa provinciana y los anteojos tristes, el profesor Macedonio al mando de la logística de los libros que tenía detrás. Los más pedidos: los de Tintín. "Uy, tendrás que esperar un par de semanas porque la lista de espera está larguita", decía.

A diferencia de Savater, yo no podía comprar una historia de Tintín en el kiosko o alguna librería cercana (él las compraba en Biarritz o Hendaya, ¡vaya diferencia!). Lo único que me ofrecía el kiosko de la esquina, al que acudía domingo a domingo, eran historietas de la mexicana Editorial Novaro: Archi, Supermán, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, entre muchas más. Conseguir una edición del hijo de Hergé no fue tarea fácil por años, incluso hasta en etapa adulta: recuerdo de hecho haber comprado mis primeros Tintín en Santiago de Chile durante un viaje de vacaciones veinteañeras con un grupo de grandes amigos. El único Tintín que ya formaba parte de mi colección, El asunto Tornasol, me lo había regalado mi hermano, quién sabe cómo lo había conseguido.

Los personajes de Tintín no eran comerciales (se hicieron sólo dos adaptaciones cinematográficas con actores reales), no eran de Disney. Sus lectores eramos fieles al estilo convencional de sus historias, con mundos parelelos que tienen mucho del nuestro, donde los viajes por el mundo -y en particular el mundo per se- eran un atractivo fantasioso para los que soñabamos (en shorts) sobre un mapamundi con una mochila donde sólo cabía una manzana más roja que redonda, una libreta de notas, una cámara de fotos y un sólo Tintín, el favorito. Quizá el mayor atractivo es lo que menciona Savater "El planeta se le queda pequeño, como a cualquiera de nosotros: y a pesar de todo, sabemos que para ser feliz nunca hubiera necesitado salir de casa". Tintín era feliz en Moulinsart, en los Himalayas del Tíbet o en Perú al lado de la tumba de Ráscar Capac. Yo era (soy) feliz con sus aventuras (una "pequeña felicidad" más para mi lista), con las que viajaba desde la comodidad de mi sala, rodillas sobre la alfombra, codos sobre el sillón.

Al igual que Savater, el enigma de Tintín me posee al punto de creer y recordar sus personajes como amigos de la infancia. Además del protagonista especie de Indiana Jones formal, recuerdo al profesor Tornasol, el perro Milú, los hermanos Hernández y Fernández y por supuesto al mayor insultador de la historia del comic: el capitán Haddock.

Sin lugar a dudas todos ellos fueron parte importante de las primeras aventuras de mi vida.

2 comentarios:

Peregrino dijo...

Hay personas de nuestra infancia que se vuelven ìconos, paradigmas para cada uno de nostros, yo no tuve la suerte de leer Tintìn, de hecho lo descubrì por ti, pero recuerdo y tengo en casa la colecciòn de El Corsario Negro de Emilio Salgari, que hizo los mismo por mi.

Ojala todos pudieran viajer sentado desde un sillòn Voltaire.

Nos leemos.

Mr. TAS dijo...

yo he sido más de 'Asterix y Obelix', también franceses!

nombras a Fernando Savater y aun tengo en mente las falsas espectativas de du libro '7 pecados capitales'.... me decepcionó.
Es un personaje cuya actividad política en España no pasa desapercibida.

un saludo