
sábado, febrero 17, 2007
Gym (¿nasio?)

Un caso de ¿genética transpuesta?
Esto de esperar en aeropuertos te hace profundizar en algunas cosas que pueden parecer "intrascendentes". Viendo tanta gente a mi alrededor me pregunté lo siguiente:Una pareja de un hombre con características físicas A y una mujer con rasgos B ¿pueden engendrar hijos tan parecidos que sean confundidos con los de una pareja de un hombre con cara B y una mujer con físico A?
Y es que vi a una mujer muy parecida al papá de un amigo. La situación empeoró. Cuando el esposo volteó hacia mí pense que estaba en un episodio de "La Dimensión Desconocida" (¡turururú! ¡turururú!): era la versión masculina de la mamá de mi amigo -y sin extremos andróginos-. Los hijos no estaban. ¡Felizmente!
Debo aceptar que preferí imaginarlos lejos, en nuestras antípodas.
Cosas de la genética.
jueves, febrero 15, 2007
En este hotel no me quedo
Hay hoteles que son feos desde fuera, otros que son feos por su olor, en otros las habitaciones confirman que si hiciste el check-in fue más por urgencia que por preferencia. La arquitectura y decoración del lobby y habitaciones son un plus para mí, especialmente si se complementan con una vista panorámica de Machu Picchu imponente bajo cielo abierto, Central Park y su gente paseando en bufanda, el río Michigan revestido de hielo, una cola de turistas bajo la Torre Eiffel o la luna veneciana alumbrando la paciencia de las góndolas.La comida de un hotel es algo que no siempre se experimenta, si en todo caso ocurre es cuando ya se decidió pasar una noche. Si la carta gastronómica no nos convence siempre (generalmente) hay alternativas fuera, sin embargo para atender nuestro hábito del sueño -hábito según los conductistas, como Eduard Estivil conocido como el Dr. Sueño- un ambiente propicio es (casi) todo. Desde el check-in hasta el día en que se paga la factura. De ahí la clave de elegir un buen hotel: la impresión visual es una primera guía, que debe confirmarse una vez en recepción frente a quien este de turno.
Los hoteles con obras en construcción -especialmente en el lobby o recepción- no deberían abrir sus puertas. Pisadas de zapatillas sobre piso de mármol amarillento, trapos blancos cada ciertos metros envueltos en humedad y huellas, paredes con agujeros tapados con yeso a medio acabar, cartones de colores cubriendo partes "claves" de la obra, un personal de servicio con rollo de papel higiénico en mano a pedido de algún obrero en apuros fisiológicos, olor a cemento y papel (periódico probablemente) quemado mezclado con sudor. "He decidido buscar un hotel más cerca al aeropuerto" dice uno a estas alturas con la cordialidad que el lugar no ofrece.
La percepción del personal de un hotel es generalmente una consecuencia de todo lo anterior. Los peores son los que piden auxilio, los que no aún no están convencidos de estar parados frente a uno. La expresión de sus caras más de verguenza que de disculpa, sin sonrisas que ofrecer, sabiendo quizá que el olor impregnado en sus ropas no los ayudaría a conseguir otro trabajo y que tienen una condena por cumplir -hasta que terminen las obras al menos-. Sus ojos callados como rogando que no los miren directamente. La ropa tampoco los ayuda: arrugada, de tallas más grandes y con indicios de varias lavadas ya. La confirmación final para salir a buscar otro lugar donde pasar la noche. Si la hora todavía lo permite.
Esta noche finalmente podré dormir en un lugar confortable, donde siento que la gente está viva y los baños provoca dejarlos más limpios de lo que estaban antes de usarlos.
sábado, febrero 10, 2007
En el papel de Monterroso

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí." (El dinosaurio, de Augusto Monterroso).
Esta composición de Monterroso es considerada el relato más breve de la literatura universal. Hoy me dieron ganas de sentirme Monterroso y este fue el resultado:
1. Escuchó nuevamente la voz del altoparlante. Solo y con el pasaporte abierto en sus manos esperó.
2. "Un Jack Daniel's, por favor". No era la primera vez en esa barra, ni la última al lado de nadie.
3. A la hora del amuerzo nadie lo llamó. Dormía en el sofá soñando que eran dos.
4. Al destapar el vino sentí el efluvio de frutas rojas y cerca, muy cerca el perfume de su pelo mojado.
5. Luego de la última línea, cerró el libro y se sintió merecedor de otro más.
miércoles, febrero 07, 2007
Sunset
"Tu casa a la hora del sunset es como para venir y no hablar con nadie", dijo mirando hacia la calle. Ella sonrió en respuesta. Él sólo sonrió.Cuatro pisos abajo la gente caminaba paseando su alegría con el mar de fondo. De fondo y horizonte.
Algunos globos de colores luchaban por escapar mientras un perro citadino saltaba como si hubiese visto mar por primera vez.
El aire parecía retomar prestigio. Su abrazo de brisa se sentía cercano.
El pasto parecía más verde. Y al fondo tras el horizonte mar, el sol poniente. Naranja fundido, casi rojo. Más rojo que verde.
martes, febrero 06, 2007
Los mirones de mi sala
Esta noche les quiero hablar; tengo ganas de conocer sus historias personales. A muchos me parece haberlos visto antes en otro lado y eso me compromete más. A pesar de no saber cómo se comportan cuando están solos, se que conmigo al lado siempre respetan la distancia con esa amabilidad incierta que te da el silencio de una persona concentrada en lo suyo. Pero sin molestar lo tuyo.
Mi mamá me dijo una vez "Hijo, esto se puede solucionar de dos formas: con un cura o con un psicoterapeuta". No se qué piense al respecto blog-leyente, pero estoy siendo transparente y prefiero presentarlos como los veo. Créanme que así los veo todas las noches.
El del medio es verde, moteado, bajo y regordete. Además de piel brillosa. Tiene más de dos antenas que salen desde su boca siempre abierta (sí, desde su boca). Siempre está rodeado de los plateados de boquita redonda.
A los plateados decidí llamarlos "La banda" porque siempre se aglomeran con los suyos. A pesar de vestirse de diferentes colores, casi siempre usan sobretodos que abren a brazo extendido con muchas ganas.
Las tres parejas de gemelos siempre quieren sentarse en los sofás. No parecen haber hecho mucho deporte; son blandos y comodones. Quién sabe si son familia. Lo dudo, pero tienen algunas cosas en común. La piel azul-púrpura de dos de ellos contrasta con el blanco de los sillones. Otros dos tienen manchas circulares en todo el cuerpo y aunque no parecen enfermos nunca los veo salir de ese baúl siempre entreabierto. Los otros dos son de África y nunca reclaman nada ni con un gesto.
El gordito blanquiñoso parece bañarse en flores de vainilla. Lo raro son sus tres canas blancas sobre la cabeza. Es lampiño y siempre usa zapatos azúl esmeralda. Lo ví mucho tiempo sentado con el regordete verde, pero ahora ya no es más así (me gustaría que me cuenten por qué).
Sobre el de pelo largo y los menos callados prefiero no escribir hoy. Parece que han captado lo que estoy haciendo y muy cómodos no se les ve.
Espero encontrar el momento oportuno para tomarles una foto. Lo prometo.
lunes, febrero 05, 2007
Hasta la luna
Giró sobre él como si fuesen parte del mismo cuerpo. Amarrados como con una cadena.-Contigo me voy hasta la Luna -susurró ella y siguió en lo mismo.
No dejó de abrazarla para sentir el latido de su corazón sobre el suyo. Era el único movimiento: un bombeo al unísono. Pensó en la Luna sin sentirse tonto; por un instante quiso sentir sus pies hundiéndose sobre la arena lunar con ella de la mano. Un sobresalto de cabeza. Sintió nuevamente la piel y pensó si había escuchado bien o si era una frase de su sueño empezando. Fingió continuar al mismo ritmo de sus latidos.
-¿Qué cosa dijiste? -muy despacio.
-Que contigo me voy hasta la luna. Cuando quieras.
Durmieron.
Con el tiempo comprendieron que la luna estaba muy lejos y se quedaron por acá. De todos modos la cadena se había roto mucho tiempo atrás.
sábado, febrero 03, 2007
Una experiencia de minimalismo gastronómico y servicio en su mínima expresión
La nouvelle cuisine es un intento -exitoso en muchos casos- de convertir una aventura gastronómica en una experiencia más completa que la que brindan las papilas gustativas. Implica una experiencia para el comensal en la que están o en todo caso deben estar involucrados los cincos sentidos, en especial el de la vista. De hecho, en la nouvelle cuisine la presentación y el aspecto visual de un plato son las armas de seducción principales.En Lima hay muchos restaurantes de categoría y realmente las recomendaciones sobran. Lo difícil es elegir, pero claro no contamos con que Gastón sólo prueba un bocado, lanza un "hmmm" apretando los labios y se va a otro local. Los tamaños, cantidades y el servicio, al menos esta vez, no fueron para nada generosos.
Minimalismo aplicado a la cocina y los sentidos, pero nadie habló de servicio minimalista o mejor dicho, servicio reducido a la mínima expresión.
Soy de recomendar restaurantes porque me gusta comer bien. Ayer salí con dos amigos del trabajo en busca de un buen lugar donde clausurar merecidamente una semana trajinada. Queríamos descubrir alguno de esos nuevos restaurantes abiertos en los últimos meses. Barranco fue el distrito elegido, lamentablemente por recomendación mía.
Voy a ceñirme a la regla básica del enfoque culinario de Paul Bocuse y los hermanos Troisgros para analizar mi experiencia de ayer. Convocar a los cinco sentidos. Sin embargo, considerando que para mí la experiencia de un comensal no se circunscribe sólo al plato, extenderé mi opinión a todo lo que me convenció de no ir más a dicho restaurante.
Al gusto y el olfato
Siempre de la mano. El Pisco Sour estuvo más que respetable, los aromas de siempre: cítricos, uva Quebranta, amargo de angostura y el vidrio del vaso. Mis dos amigos celebraron igual con sus aperitivos. La tarde culinaria prometía. El piqueo -mal elegido por cierto- fue unas papas de poco aroma, tostadas untadas con una salsa de queso y especias interesante. Olores y sabores a tierra, pachamanca, queso, leche y hierbas florales.
Mi plato de fondo aparece en la carta muy seductor (momento brillante de quien la redactó considerando que la presentación de la primera página es huachafa y muy extensa): Mero no se qué con puré de camote y salsa picante de mango (está redacción es mía porque no recuerdo todos los detalles). Mi nariz y papilas gustativas estaban ya preparadas para esa fresca combinación de cítricos y dulces con los retronasales del picante. Pasados varios minutos de sonrisa y espera, el mozo me advierte torpemente que "el pure de camote no está en condiciones; puede escoger entre otras dos guarniciones: risotto o papas doradas". Cedí con el risotto y comenzaron las burlas de mis dos acompañantes, quienes confiaban en su buena elección. No sabían lo que se venía. Lo que me dejó el plato de fondo fue pobre, probablemente por la torpeza del mozo y también por mis expectativas cacheteadas. Olor a agua de mar, recuerdos a sal gruesa, mango acaramelado. El picante no lo recuerdo.
Mi postre fue un triple de brulées: uno de naranja con jengibre; otro de albahaca con pistachio; y el último de choclo. Fue lo mejor en sabores especialmente por el pistachio de gran presencia, la naranja y el aroma de pastel de choclo. Nunca sentí la hierba verde ni recuerdo cómo olía el restaurante. Al menos los mozos no emanaban humores extremos.
Al tacto (textura en labios y boca)
El Pisco Sour empezó y terminó bien. Espuma sobre los labios primero, dispersión helada de líquidos ácidos. Seco dentro de la boca.
De la entrada de tierra y papas, eso: papas con cáscara y algún granito de tierra (sutíl sí). Todos seguíamos riendo y remojando el pan blanco sobre el aceite de oliva combinado con el balsámico. Texturas de siempre. Mi plato de fondo lo devoré tratando de inventar volúmen de comida más que sentir texturas particulares. Sí recuerdo los granos del risotto como un arroz con leche bien amalgamado y el pescado deshacerse antes de masticarlo. Respetable. El problema eran más los centímetros cúbicos que quedarían libres en el estómago, especialmente para el gordito de la mesa. Casi lloró al ver su plato bien nouvelle cousine, le tembló el labio superior lateralmente y su estrabismo parecía de desmayo. "¡Jesús!, me cago en la leche asada", pensó. Era poco lo que pude hacer de ahí hasta el final.
A la vista
Lo más resaltante fue el blanco de los platos, blanco cuadrado, blanco de poco fondo. Blanco, blanquísimo. Si debo seguir en orden de prioridad: la cara del gordinflón al ver el blanco. Su papada se veía más blanca con el plato sobre la mesa, relucía lechosa y fofa, más todavía. Un rictus extraño, más de asco que de sorpresa, se apoderó de mi otro amigo. Sus fosas nasales se expandieron de una forma dragoniana, como de la cultura Chavín. El blanco reflejo sobre la mesa ayudaba a resaltar los gestos mientras yo miraba de reojo.
A estas alturas ya no recordaba nada bueno del Pisco Sour, menos del piqueo pachamanca sucio. Los primeros comentarios al ver la blancura de nuestros platos cuadrados fueron sobre el fondo de los mismos, esperanzados en la costumbre comensal de nuestra costa o chala que casi obliga servir bien servidito. Ingrata fue la sorpresa el sentir el fondo del plato, sentirlo justamente fue la decepción: nuestro gordito (una suerte de Obelix) pensó casi soñando que no lo encontraría y que el plato era de volúmenes eternos. Tembló la papada, más blanca que nunca a pesar de la barba de mosquetero.Sobre la seducción de los platos per se sólo recuerdo la de mi postre. Tres brulées, tres degradés de colores: naranjas, verdes y cremas. Quizá pueda agregar los colores de la salsa picante de mango de mi plato de fondo, brillante y llamativa. C'est tout.
Recuerdo también el local. Minimalista por supuesto, como para programa de televisión de arquitectura y diseño de interiores con televidentes que tienen casa en Asia donde las empleadas pueden (ojo, pueden) bañarse en la playa después de las seis de la tarde. La marca de un conocido whisky adornando las cenefas de la barra y la espalda de los uniformes de los (asustados) mozos. Hay también unas especies de mufles o escapes de motor sobre la pared, justo detrás de donde estaba yo sentado. Una fusión etno-andino-automotriz digna para expander la experiencia visual del comensal. Las caras de mis amigos me decían todo.
Al oído (!?)
No pedimos carne a la brasa, así que poco puedo recordar del sonido de la comida. Aunque sí puedo mencionar que los brulées se quebraron tan armoniosamente como se quiebra la capa de chocolate de un Jet de D'Onofrio (Amélie Poulain no lo hubiese disfrutado en absoluto).
La música del lugar (si había) ni la recuerdo. Sí recuerdo la voz hacia adentro del mozo casi arrepintiéndose de la decisión que tomó para trabajar ahí y que a la larga lo llevó a cruzarse con nosotros. Tres muestras al respecto:
- "Acá la tiene", respondió entregando la cuenta que ya tenía lista tras su espalda en una reacción predictiva que según él le iba dar réditos en su propina. "Es que estamos cerrando", agregó el muy torpe. Lo que no sabía era que aún no habíamos terminado el café y que quisimos pedir la cuenta desde mucho antes, incluso antes de ver el plato de fondo. Se demoró.
- "Señor el vino que nos pidió se nos ha terminado", acercándose a mí luego de diez minutos de mi pedido sobre una extensa lista de vinos. Justo no quedaba el más barato. Sobre estrategias de up-selling creo que los de la mesa sabíamos más.
- "Señor Ron (sic), su cuenta", me dijo entregándome el voucher dentro del cuero negro. Además de un servicio malo y una comida pálida (no necesariamente por lo blanco de los platos), este tipo no sabía leer bien.
Si van nunca digan que los recomendé yo, menos al mozo de frases célebres. No creo que les convenga.
miércoles, enero 31, 2007
Las palomas amanecieron tontas
Esquivé una paloma a pocas cuadras de salir de mi casa hoy por la mañana. La otra (siempre las veo en parejas) salió volando casi anticipando mi paso; parecía más acostumbrada al barrio. Me bastó con desacelerar consciente de la posible fatal consecuencia.Al final de la calle se veían otras dos (en pareja por supuesto) sobre el medio de la pista. Yo no entiendo qué es lo que tanto picotean sobre el asfalto, pero debe ser algo muy especial porque siempre están ahí con traje de gala, paradas o dando brinquitos, pico a tierra, cola al cielo.
Está vez -pensando que serían conscientes del auto acercándose- no desaceleré tanto. Su reacción como que me dejó una expresión sobre sus picos: hasta me pareció que volteraron con el pico abierto en señal de sorpresa, lanzaron un ¡carajo! y con el empuje del instinto de supervivencia propio de un parque de zona urbana volaron hacia cada lado gritándose una a la otra. Se salvaron, pero no por sí solas. Después de todo yo dejé de apretar el acelerador, hecho que finalmente las salvó -esta vez.
Seguí mi camino con la misma tranquilidad que me regalan las mañanas por donde vivo. Los parques abundan y las palomas más (si digo en pareja, ¿me creerían?). Se venía una curva a la derecha donde desde lejos ya veía un par más sobre las rayas de la pista. Felices se les veía, casi como esposo y esposa conversando en una mesa tomando desayuno. De hecho creo que sí conversaban sobre lo que sigue siendo un secreto para mí (hablo de lo que recogen del asfalto). Yo no iba muy rápido -o me parecía- pero las veía cada vez más cerca en un especie de fast-forward. Lo peor de todo es que permanecían inmóviles. Suponiendo que reaccionarían de la misma forma que las anteriores no relaje el pie. Seguí. Las tenía encima.
Por la izquierda admiré el vuelo de una de ellas (parecía el espíritu santo huyendo del diablo) mientras el vacío del efecto suelo atrapaba a la otra debajo del auto. ¡Zuok! y un golpe por debajo. Lo demás fueron plumas por el aire, al principio al frente luego por el retrovisor.
No se si se apoderó de mí un instinto cazador por un segundo, lo cierto es que esta vez no aflojé.
Frente a mí el espejo me mostraba una masa de carne y plumas sobre el asfalto y al lado, girando confundida, casi sin picotear (¿de nervios?), como llorando y odiándome, la otra paloma. Se lamentaba, desesperada. Me quedé mirando la escena por el retrovisor con el auto parado en una esquina. Pasé más de una vez la saliva con dificultad.
Me provocó recogerla y enterrarla con honores, sin embargo como todas las mañanas tenía que llegar a mi destino.
lunes, enero 15, 2007
¿Te cruzaste con Sartre o Camus alguna vez?
Aquella noche de Febrero esperaba un vuelo hacia Boston. Yo estaba inmerso en entender la diferencia entre tener algún atributo literario y apostar por él -siquiera como hobbie- leyendo On Writing de Stephen King. La sala de espera no escuchaba voces. Un par de personas durmiendo y una mujer gorda sentada frente al puesto de revistas esperando a nadie comprar.Recuerdo que había comprado On Writing en una librería de Central Park obedeciendo la recomendación de una anciana -a quien imagino apasionada por los libros o desempleada y sola- que cortesmente me atendió. Llevaba sólo unas horas leyéndolo y era como haber encontrado parte de mi futuro. Sólo me bastaba una recomendación importante, como diría Vargas Llosa "por dónde cristalizar en obras esa vocación que sentía en mí como mandato perentorio" y hasta pedir la desesperada orientación de algún escritor famoso, o al menos popular.
Los vuelos Nueva York-Boston duran poco más de una hora y en algunos casos se realizan en aviones comerciales de corto alcance con turbohélices. Y este era mi caso. La voz del altoparlante había anunciado la llegada del vuelo desde Boston, por lo que sólo me quedaba esperar a la gente descender.
Me gusta mirar a la gente; simplemente ver gente salir era un elemento distractor para mi lectura. Uno tras otro. Sobretodos negros, maletines James Bond, zapatos italianos, laptops por doquier, chalinas de seda o lana, algún gorro de beisból. Miradas sobre libros en mano, pasos rápidos, alguna rubia en sus cuarenta. Nadie en pantalones cortos. Yo mientras tanto girando la cabeza desde la puerta de desembarque hacia las escaleras mecánicas. Callado y con mi libro en la mano.
No creo en las coincidencias pero lo que me ocurrió fue un sincronismo que luego de mucho tiempo entendí que no aproveché. En el contexto de lectura en el que estaba y considerando mi interés subyacente por escribir, creo que sufrí de lo que Vargas Llosa llama "pesimismo inhibitorio". Lamentablemente fue ese el caso.
Entre los muchos que bajaron del avión, reconocí a uno con especial sorpresa. Ahora esperaba a la salida del baño a su mujer, con quien segundos antes había bajado de mi avión con rumbo de regreso a Boston. Usaba un sobretodo crema y una bufanda bien escogida -quién sabe si por ella o por él. No se distraía en su espera; se sabía alto, seguro y buen escritor, famoso.
Bacilé. "¿Y si lo saludo?", pensé apretando los labios en señal de desaprobación. Me imaginaba dándole la mano y diciéndole...nada. No se me ocurría nada que decirle, no se me ocurría interrumpirlo: "¿qué le hubiese preguntado a Sartre o Camus en sus inicios a modo de guía o inspiración para seguir en el rumbo narrativo?". De todos modos me levanté del asiento.
Volví a bacilar y dí unos pasos hacia él.
Mario Vargas Llosa seguía esperando a su esposa.
Esta vez decidido me acerqué.
-Mario -lo tuteé con un atrevimiento involuntario.
Me extendió la mano con el cuerpo hacia atrás, sonrió de soslayo y cortésmente me respondió:
-Hazme recordar.
En este momento si algo se me había ocurrido lo olvidé. Bajo condiciones normales pude haber elaborado cualquier comentario más interesante que el que hice. Sin duda "pesimismo inhibitorio". Fue la frustración perfecta para un anhelado momento perfecto. Al final, lo saludé, le mencioné que era un peruano en viaje de negocios y me despedí con una sonrisa vergonzosa.
Tres años después entendí que esta situación me enseñaría mucho, especialmente a decidir con pleno convencimiento que por lo menos debía intentarlo. Intentar ser un escritor, siquiera como hobbie. Hoy leí el primer capítulo de Cartas a un novelista de Vargas Llosa y además de convencerme a seguir leyendolo, me convenció de añadirle un poco de voluntad a mi "predisposición a fantasear personas, situaciones, anécdotas, mundos diferentes". Es decir, finalmente me hizo elegir.
sábado, enero 13, 2007
Una parada en Chartres
Iban en el pequeño Citroën con bandera de la región Provence-Alpes-Côte d'Azur. Momentos antes habían salido rumbo a la catedral.-No nos tomará más de cinco minutos - dijo la señora. Una típica abuela francesa.
-No debió. Gracias de verdad.
-No tienes por qué. Por alguna razón sentí que lo tenía que hacer.
-Disculpe si pregunté más de la cuenta acerca de Marceau.
La señora lanzó un profundo suspiro y continuó:
-Te voy a confesar algo que nadie sabe. Ni siquiera los mejores amigos de Marceau. No se por qué lo voy a hacer, pero creo que tienes el derecho de saberlo.
-¿Acerca?
-A Marceau lo encontramos muerto en el bosque como te contamos, al lado de la pista. Sólo que no fue producto de un accidente de tránsito. Había una pistola al lado.
-...
-Marceau se suicidó a los diesisiete años. Por eso no recibiste más cartas de él.
Llegaron a la catedral y Alonso se despidió. Nunca más supo de la abuela.
Entre recuerdos, pena y confusión entendió que su visita por Chartres le iba a deparar algún mensaje. Doce años comunicados en silencio. Ahora la verdad los dejaba en paz, a Marceau y a él.
domingo, enero 07, 2007
Sobre Ámsterdam y superhéroes (?)
Habían llegado horas antes manejando un auto. Un destino no planeado. El único destino en su viaje de veinte y seis días por Europa con un propósito no turístico: diversión era la palabra clave. La búsqueda del hotel había sido difícil, pero no tanto como encontrar aquel hotel del Port Maritim frente a la costa de Barcelona o el de París dentro de sus calles complicadas o el de Roma con su tráfico y motoristas insoportables.Esta vez sus sonrisas seguían intactas.
-Buenas noches. Tenemos una reserva a nombre de Francisco Acuña. Acuna. A…C…U…N…A –en inglés.
-Déjeme revisar el sistema –la alta y rubia recepcionista responde en perfecto inglés, mira la pantalla y aprieta los labios-. No veo ninguna reserva bajo ese nombre señor.
-Extraño. Esta reserva la hicimos hace varias semanas por Internet.
-Verificaré nuevamente –luego de una rápida mirada, el mismo gesto-. Lo siento. Me temo que no tengo ninguna reserva para usted señor.
Alonso está parado a unos metros con las maletas. Es flaco y de cejas pobladas. Hasta ahora su sonriente semblante no había sido perturbado, ni siquiera por la demora en llegar al hotel ya caída la noche. Esto era diferente: cansancio, ganas de divertirse y tranquilidad de un alojamiento seguro echados al tacho. Alonso y Paco se miraron y como si hubiesen decidido el plan por telepatía volvieron donde la recepcionista. Menos relajo en la conversación y venimos viajando por casi treinta días sin ningún problema, esta es la primera vez que nos pasa algo así –con un tono muy propio de Alonso. Ello bastó para que les asignaran una habitación con una reserva fantasma.
Nunca recordaron si realmente la habían hecho.
---
A la salida de la estación central la gente casi se tropezaba entre sí a cada metro, enfocados –ebrios y carcajeantes- en sus planes de diversión. Nadie los paraba. La multitud era como hormigas persiguiendo algún festín de azúcares. La ciudad vestía con el traje elegante que daba la noche boreal. Las luces de postes y ventanas, las finas lentejuelas.
-¿Cuál era el nombre de la calle? –mirando un plano de la ciudad.
-Es impronunciable: Udebrug o algo así. Mejor preguntemos. ¿Total? De Grasshopper es recontra conocido.
---
En frente apareció un edificio de arquitectura clásica de tres pisos bañado por luces verdes frente al canal. Desde fuera se veía desbordante de turistas. A Paco y Alonso les habían dicho que vayan de frente al sótano, donde está la verdadera diversión. Siguiendo esas palabras, ahí estaban sentados en una mesa, con cierta duda sobre el protocolo para comprar y fumar lo que había ido a buscar. La cabina de venta estaba por la entrada; un tipo de unos veinticinco años con barba desordenada de cinco días esperaba sentado. Los precios por onzas estaban pegados sobre el vidrio del mostrador. Alonso fue en busca de la diversión.
-¿Dos onzas será suficiente para dos personas?
-Depende del tipo y del efecto que quieras.
-Un viaje normal, sin dolores de cabeza y mucha risa. ¿Tienes Skunk?
-No me queda Skunk. Tengo una Índica afgana con un efecto hipnótico y relajante parecido al de la Skunk.
-¿Qué otras hay?
-Entre las Sativas te recomiendo la California Orange o la Super Ice. Decide rápido; hay gente esperando.
-Dame tres onzas de Índica. La…afgana entonces.
Alonso regresa a la mesa. Paco fumaba un cigarrillo y tomaba una cerveza. La luz del lugar era muy tenue. El humo de las otras mesas se mezclaba en el aire con las risas hilarantes de turistas novatos. Luego de armar un porro algo endeble, Alonso lo enciende, da un par de ligeras pitadas y se lo pasa a Paco.
-Se está despegando – da una pitada larguísima.
-No jodas. Tú fuma nomás. Voy a pedirme una chela –levanta la mano para llamar la atención de una mesera, quien se acerca y atiende el pedido.
Paco siguió con tres pitadas más. Inhalaba profundamente, como chino de bodega fumando su último cigarrillo antes de morir. Era de nuevo el turno de Alonso, de pronto un mesero poco amable se acerca a la mesa a informar el cierre del local en cinco minutos y a pedir que apaguen lo que habían comenzado a fumar.
-¿Qué? Pero si acabamos de sentarnos. ¡Por la puta madre!
-Alonso ni modo. Apágalo.
-Acabo mi chela y nos vamos a otro lado – aplastó el porro ligeramente sobre el cenicero. Paco asentó y esperó a que terminara.
---
-¿Trajiste lo que sobró?
-Sí, ¿por?
-Pregunto nomás –caminando extrañado por las calles colmadas de turistas -. Hay mucho más gente, ¿o me parece?
-Yo creo que a esta hora hay más tombos. Están por todos lados.
-Oye Alonso, yo no veo ninguno desde que llegamos. De hecho creo que no hay policías en Ámsterdam –soltó una carcajada y algunas gotas de saliva.
-¡Chucha, un tombo! – sus movimientos de gallo no pasaban desapercibidos.
-Tranquilo. Es un guachimán de discoteca. Te digo que no hay tombos.
-Creo que mejor me deshago de la maricucha. La voy a botar.
-¡No! ¿Estás loco? Yo la cargo. Dámela.
Alonso se la pasa.
-¿Estas seguro? – agrega mientras Paco guarda el paquete y sigue caminando-. Impresionante la cantidad de tombos.
---
Bares abiertos a la medianoche sobraban, sin embargo no aquellos donde podían disfrutar libremente las tres onzas recientemente adquiridas. La gente se movía rápidamente, como con destinos fijos. En cambio Alonso y Paco no sabían cuál era el lugar adecuado a esas horas. Se animaron por entrar a un bar. Desde fuera se veía una larga barra, mesas –casi todas ocupadas- cercanas a la puerta y una pista de baile al fondo. Todo era oscuro pasando la zona de mesas, donde la gente bailaba en la pista y sobre la barra –chicas que subían a mostrar supuestas habilidades para bailar y más que nada partes favorecidas del cuerpo.
Encontraron una mesa y se sentaron mientras pedían dos cervezas a la mesera. Miraban alrededor. Seguían mirando, sólo mirando y esperando sus cervezas. La música era irreconocible (¿Electrónica?). Al lado una pareja de esposos en sus sesentas. Para Alonso desentonaban en el lugar. Para el resto, la diversión era la misma para todos. Paco miraba, analizaba el lugar y esperaba; seguía el ritmo de la música con casi imperceptibles sacudidas de la cabeza. Aparece la mesera, deja los dos chopps sobre la mesa y se da media vuelta.
Alonso y Paco siguen mirando, mirando como dormidos con los ojos abiertos. Quién sabe que
estarán buscando estos sesentones piensa Alonso preocupado, mirándolos de reojo, a veces de frente, incomodándolos. Paco sólo miraba alrededor, cada vez más. También sonreía cada vez más, mostrando esa suerte de piano dentro de su cavidad bucal. La música seguía siendo ininteligible pero servía de acompañante de fondo, en el fondo de la mente. Bum…bum…bum…tssss…tsssss…bum…bum. Alonso no disfrutaba el éxtasis de fiesta del lugar; estos viejos de mierda nos quieren meter alguna pastilla en el trago y luego llevarnos a algún sótano oscuro de una vieja casa en Eslovaquia, extirparnos un riñon y dejarnos desangrar como alimento de cerdos; qué tanto me miran los viejos esos. Paco seguía en la distracción de la nada; no habían cruzado palabra alguna desde que se sentaron.Los movimientos de alerta de Alonso se iban acentuando. Ahora tapaba el chopp de cerveza con la palma de la mano; mejor prevenir que lamentar un riñón extirpado pensaba Alonso. De pronto algo lo distrajo de manera sorprendente.
-Paco, Paco – codeándolo con los ojos bien abiertos mirando hacia otra mesa.
-¿Qué pasa? – sonrisa de piano en el rostro, mirando a su alrededor.
-No me vas a creer.
-Dime qué pasa.
-De verdad que no es una broma. En la mesa de al frente hay un Superman sentado. Por favor dime que estoy alucinando.
Luego de voltear hacia la mesa, echar un vistazo somnoliento, Paco voltea hacia Alonso.
-Ahora tú no me vas a creer.
-No te entiendo.
-Alonso, no hay un solo Superman… ¡Hay siete Supermans!
-¿Ah?...Chucha sí, ¿no? ¿Qué está pasando?
-No se, pero uno de los Supermans tiene celular.
-Sí, y otro Superman derramó a propósito su cerveza sobre el celular. Ahora discuten ¡dos Superman entre sí por un celular!
-Mira, hay otro Superman desvistiéndose y bailando sobre la barra. A pesar de lo gracioso de la escena, ya me empecé a preocupar. ¡Están por todos lados!
-¿Tanto hemos fumado, Paco? Si yo sólo di dos pitadas.
-No sé, pero creo que mejor safamos.
En sus caras ya no había sonrisas. Se miraron y terminaron sus cervezas de una. Salieron confundidos -más todavía- hacia el hotel luego de pagar la cuenta.
---
En el bar aquellos ocho siguieron celebrando hasta el amanecer la despedida de soltero que tan bien habían organizado. El Superman de anteojos fue el más feliz de la noche.

